Ellos eran inseparables. No se podía hablar de Marta y además de Omar, ellos eran uno solo, eran Omarta.
Omarta se formó por allá antes de mitad de siglo, cuando el mundo todavía era a blanco y negro. Es una fusión fuerte, ya permanente e inviolable. Puede decirse que un diamante es más vulnerable a la ruptura.
Omar y Marta (como piensa la gente que debe llamarse a lo que ellos piensan es un dúo), caminan por las calles de la ciudad de forma cautelosa, no queriendo llamar la atención.
Son literalmente uno solo: comparten un brazo, que eran dos pero ya es uno, porque por tanto caminar cogidos de gancho, tejidos epiteliales y óseos hicieron profundas e infinitas conexiones.
Ellos se aman, pero resulta que eso de ser siameses sin ser hermanos no es fácil.
Hace unos años, la madre naturaleza quiso ayudarles: no podía separarlos, porque ellos se amaban de verdad. Pero lo que sí pudo hacer fue convertirlos en hermanos biológicos. “Sólo un beso del peligro puede salvarlos”.
Agosto de hace unos años.
Nacen dos osos polares siameses en el Polo Norte. Comparten una pata delantera.
La vida es blanca, limpia; la nieve, fresca, su frío no quema. Con su pata en común pueden sentirlo.
Son felices,
comen perdices.
Pronto, Mamá Osa ve la rareza que acaba de parir. Los abandona.
Pelean. Cada uno dice que Mamá Osa los abandonó porque el otro no tenía el pelaje lo suficientemente blanco, como es digno de un oso polar.
Omarta no estaba presente en sus memorias. Su vida de humanos no había sido puesta en sus conciencias.
Dormían. De repente, un gran león marino salió de la espesa capa de nieve sobre la cual estaban. Se lanzó sobre ellos. Los ositos corrieron torpemente (porque no era fácil correr con su bracito en común) y encontraron un lugar para esconderse. Veían al león marino afuera, buscándolos decididamente.
- “Sólo un beso del peligro puede salvarlos” - dijo Omar -.
¿De dónde habría sacado eso?, los dos se lo preguntaban. Pensaron que estaba loco: ¿besarse siendo hermanos?... no podían pensar en algo más asqueroso. Además, no besarían a alguien que no tuviera el pelaje lo suficientemente blanco, como es digno de un oso polar.
De repente, vieron que el león clavó su mirada en el lugar donde estaban y corrió hacia ellos.
Temblaban del susto. Su reacción fue intentar correr hacia el lado contrario del brazo que los unía. Efecto resorte: de alguna manera sus caras se unieron; el león se acercaba más y más. De alguna manera, sus hocicos se unieron.
No fue tan malo como pensaban.
Octubre de hace unos años.
Nacen dos elefantes siameses en el bosque de Borneo. Comparten una pata delantera. La vida es verde, tranquila; el barro, suave, su espesor no atrapa. Con su pata en común pueden sentirlo.
Pronto, Mamá Elefanta ve la rareza que acaba de parir. Los abandona.
Pelean. Cada uno dice que Mamá Elefanta los abandonó porque el otro no tenía la piel lo suficientemente arrugada, como es digno de un elefante.
Cansados de pelear, salieron a dar una vuelta. Se encontraron con una cascada enorme, llena de rocas en su caída. La elefantita, muy curiosa, quiso asomarse más de lo que debía. El suelo estaba resbaloso. Con la patita de adelante que no compartía, fue a dar al vacío. El pobre Omar, adolorido, cedió y cayó también. Caían sobre una piedra y otra, dando vueltas y vueltas.
- “Sólo un beso del peligro puede salvarlos” – gritó Marta –.
¿Ya qué?... no tenían tiempo de pensar que era asqueroso besar a su hermano, o que no besarían a alguien que no fuera lo suficientemente arrugado, como era digno de un elefante. Sus caras se juntaron. De alguna manera, sus trompas también lo hicieron.
No fue tan malo como pensaban.
Diciembre de hace unos años.
Nacen dos camellos siameses en el desierto del Sahara. Comparten una pata delantera. La vida es dorada; la arena, juguetona, su sequedad no debilita. Con su pata en común pueden sentirlo.
Pronto, Mamá Camella ve la rareza que acaba de parir. Los abandona.
Pelean. Cada uno dice que Mamá Camella los abandonó porque el otro no tenía joroba, como es digno de un camello.
Caminaron y caminaron. Encontraron un oasis. Tomaron agua, fue un alivio. Mientras lo hacían, sintieron algo raro en la pata que compartían. Era una serpiente, de esas que todo el mundo sabe son venenosas.
- “Sólo un beso del peligro puede salvarlos” – dijeron los dos al tiempo -.
Eran hermanos; ninguno tenía joroba, como es digno de un camello. Pero no pensaron nada. Sus caras se juntaron, sus bocas se juntaron…
fue rico… tan rico…
Enero de hace algunos años (uno menos).
“¡Feliz año nuevo!”, grita una familia en la casa de los abuelos.
Todos pensaban que estaban locos, porque tenían un cuarto lleno de nieve, otro lleno de barro y otro de arena.
Pero es que ellos, en su fusión ya permanente, sabían que la nieve era fría pero no quemaba, el barro era espeso pero no atrapaba y la arena era seca pero no debilitaba. Podían sentirlo con el brazo que compartían.
Se miraron. Ambos tenían el pelo lo suficientemente blanco, la piel lo suficientemente arrugada y una jorobita que empezaba asomarse, como era digno de esos que veían la vida blanca, verde y dorada, como eran digno de los que pueden besarse. Vieron que eran perfectos para estar juntos, y entendieron que eso de ser siameses sin ser hermanos era lo mejor que les había pasado.
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