sábado, 18 de diciembre de 2010

CLARA ROSA, ROSA OSCURA

Me veo obligada a escribir sobre mí. Nunca lo hago. No me gusta que lo mío quede expuesto.
Vivía en un barrio aparentemente tranquilo, de clase media, de esos en los que todavía el señor de la tienda fía y conoce a todo el mundo, y en donde la loca chismosa no había querido desaparecer.

Me veían como a una señora como cualquiera, de las que tenía esposo y asistía al costurero, pues yo iba al costurero. Siempre hacía las cosas muy por debajo de lo que era capaz: intentaba hacerlas como una persona normal. Algunas veces me quedaban hasta feas, por lo que la loca chismosa, compañera de costurero, no me dejaba en paz. Me gozaba por mi aparente ineptitud, me hacía quedar mal frente a la gente y lo regaba por todo el barrio.

Por esos días, llevaba una vida aparentemente normal. Salía a caminar con mi esposo, iba al costurero, hacía visitas. Pero la mayor parte de mi tiempo la pasaba pintando: soy artista.
No me gusta que la gente se dé cuenta, por lo que solamente exponía en Europa. Conocí a Picasso en persona. Por eso no recibo visitas: no me gusta que la gente vea mis espectaculares cuadros, ni todo el oro que he podido comprar con lo que gano.

El último año expuse en París, en Londres, en Lisboa y en Barcelona. Mi esposo se encargaba de hablar con un muchacho que tiene una moto para transportar mis cuadros. La gente dice que son mágicos, que les hacen tener sensaciones extrañas.

Me puse entonces a investigar sobre eso y di con un brujo. Él me dijo que yo tenía el poder de cumplir mis deseos a través de mis cuadros. Sólo tenía que pensar en mi deseo a cada segundo que pintara, y luego la persona o personas que yo necesitaba para cumplirlo tenían que verlo.
La verdad, eso no me llamó mucho la atención. Lo ignoré por mucho tiempo, porque no quería que la gente cercana a mí los viera, y porque me quedaba imposible fijar mi mente en un solo pensamiento, y aún más mientras pinto.

Un día en el costurero, yo hacía una rosa en punto de cruz. No estaba de humor, y como de costumbre, la estaba haciendo medio fea para no descubrir mis capacidades artísticas. La loca chismosa, quien estaba sentada a mi lado, empezó a decirme cosas: “amotriz, machetera, inútil”, en un tono de voz burlesco que me irritó mucho. No dije nada, y salí corriendo para mi casa.

“Que se convierta en una asesina y la metan a la cárcel, que se convierta en una asesina y la metan a la cárcel…”, pensaba yo mientras pintaba una rosa negra. Jamás me había sentido tan enojada. Trabajé mucho en ese cuadro, día y noche, durante tres días. No dejé de repetir mi deseo ni un segundo.

Cuando estuvo listo, dudé en ponerle mi firma. Era mejor no hacerlo. Llamé al de la moto y cubrí muy bien el cuadro. Le pedí que esta vez lo llevara a la casa de la loca chismosa, que lo pusiera de frente a la puerta, de manera que fuera lo primero que viera cuando saliera de su casa. Insistió mucho que le dijera por qué quería que llevara allí el cuadro, pero con unos cuantos pesos más, cerró la boca y dejó de preguntar.
Al otro día, muchos carros de la policía estaban parqueados frente a la casa. Sí, había matado a su esposo, la habían cogido con las manos en la masa. Jamás volví a ver mi cuadro.

A los tres días, llegó mi desgracia. Por la noche, me desperté de repente. Yo no era yo. Mi cuerpo no respondía a mis órdenes. Bajé las escaleras, abrí el armario, saqué un martillo y volví a subir. Comencé a golpear a mi esposo, él gritó y gritó. Las luces de las casas vecinas se encendieron. Ya no gritaba más. Me quedé sobre él, con las manos levantadas, con el martillo entre ellas, como listas para dar el próximo golpe. Quedé paralizada. Las sirenas de la policía invadían el tranquilo ambiente del barrio. Yo no podía moverme, no podía correr. Tuve el miedo más aterrador que nadie hubiera podido sentir jamás. Entraron. Con las manos en la masa, tal como habían encontrado a la loca chismosa.

Ambas, condenadas a cadena perpetua.
Pues bueno, el tontico de la moto siempre fue bueno conmigo. Me trajo a la cárcel unos cuantos lienzos y mis óleos. Me puso en contacto con el brujo, quien me dijo que yo debí haber mirado mi cuadro luego de que la loca hubiera matado a su marido durante tres días seguidos deseando que lo mismo no me pasara a mí, pues aunque yo no quisiera, el efecto siempre se me iba a devolver.

Y aquí estoy, intentando llevar a cabo mi plan. Pinto una rosa blanca. “Que todo el mundo se olvide de esta situación, que todo el mundo se olvide de esta situación…”, pero yo no quiero hacerlo. Por eso me veo obligada a escribir. El lienzo es pequeño, por lo que no me demoraré más que este día. Y me da miedo no tener tiempo suficiente para mirarlo en el momento justo, pues el de la moto lo va a llevar por todo el barrio para que la gente lo vea y olvide todo.

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Hay que fijarse bien donde se meten los escritos confidenciales. Haber metido el anterior en la misma bolsa que el cuadro, fue un error. Así lo hizo Clara Rosa. El de la moto, luego de leer, no miró el cuadro, no lo llevó a ninguna parte y lo hizo pedacitos. Clara está ahora en el manicomio, pues no recuerda nada, y cree que la juzgan y hay testigos de un asesinato que, para ella, jamás cometió. Ahora pinta rosas por todas partes.



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